Cuando pensamos en clichés –además de imaginar alguna escena cursi de una película romántica o una frase gastada que te manda tu abuela en una difusión por WhatsApp– solemos asociarlos con ideas vencidas, fórmulas repetidas o frases vacías que ya no generan impacto.
Pero ¿y si el problema no es el cliché en sí, sino cómo usamos los clichés?
Es un gran ejercicio creativo entender por qué funcionan tan bien, qué fue lo que los convirtió en clichés… y cómo podemos darles una vuelta para que sigan siendo útiles como punto de partida para una campaña.
El lado A de los lugares comunes
Los clichés existen porque apelan a una verdad universal. Nos conectan con experiencias, emociones o ideas que todos –en mayor o menor medida– vivimos o entendemos. Su mayor virtud es que son accesibles, inmediatos y generan reconocimiento al instante. Esa familiaridad es una herramienta poderosa: exactamente lo que buscamos en una idea que capte atención rápido.
Por eso, si te estás preguntando cómo usar los clichés sin caer en lo predecible, la respuesta está en reconocer ese poder y aprender a hackearlo.
Originalidad vs. conexión emocional
En la búsqueda por la originalidad –o la novedad, la obsesión de nuestro tiempo– muchos creativos olvidan que el objetivo principal de una campaña no es sorprender por el simple hecho de ser distinta, sino conectar.
Ni la audiencia, ni el cliente, ni tus jefes quieren la idea más disruptiva del mundo; quieren algo que les hable directamente, que genere una emoción, que entable una conversación.
Y eso, muchas veces, se logra partiendo de ideas conocidas. Por eso es importante repensar cómo usar los clichés como vehículos de conexión, no como muletas creativas.
Cómo usar los clichés (sin caer en lo obvio)
No te estamos diciendo que presentes la idea más obvia del mundo. Lo que proponemos es usar el cliché como punto de partida: partir de la emoción que generan esas obviedades y transformar ese lugar común en algo con identidad propia.
Un cliché puede ser un mito fundacional, una semilla narrativa o un comodín emocional. Pero la magia está en lo que hacés después.
Algunas fórmulas para resignificarlos:
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Cambiar el contexto: llevá un cliché conocido a un escenario inesperado.
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Invertir la perspectiva: ¿quién es el villano de tu cliché? ¿qué pasaría si tomamos su punto de vista?
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Sumar humor o ironía: exagerar hasta el absurdo puede ser una forma efectiva (y memorable) de resignificarlo.
El cliché como aliado creativo
En definitiva, si sabés cómo usar los clichés con intención, humor o estrategia, pueden convertirse en piezas clave de tu idea.
Porque, al final del día, nuestro trabajo no es inventar lo nunca dicho, sino encontrar nuevas formas de contar lo que todos ya sabemos.