La creatividad no es un rayo divino que cae del cielo (ojalá lo fuera). Es más bien un músculo que hay que llevar al gimnasio. O una mascota ansiosa que hay que sacar a pasear. Por eso, cuando hablamos de entrenar la creatividad, nos gusta pensar en hábitos que mantengan ese músculo en movimiento.
Acá compartimos tres conceptos simples (pero salvadores) para activar ideas incluso cuando no aparecen.
1. Hacer es mejor que no hacer: la importancia de estar en movimiento
Esperar la idea perfecta es una quimera. La creatividad se activa cuando te movés y probás.
La primera idea probablemente sea mala. La segunda, también. Y la tercera, un chiste interno que solo vos entendés. Pero no importa: lo importante es hacer.
Entrenar la creatividad significa permitirte ese proceso: equivocarte, iterar, corregir. Las buenas ideas no aparecen de la nada, se construyen. Haciendo.
2. Dos cabezas piensan más (y mejor) que una
La creatividad también se potencia en el ida y vuelta. En el “¿y si…?” que surge cuando compartimos una idea en voz alta.
Entrenar la creatividad no siempre es un proceso individual: a veces, se trata de colaborar, rebotar pensamientos, y dejar que otras miradas desafíen la tuya.
Una buena idea puede surgir de una mente, pero un equipo puede transformarla en algo mucho más potente.
3. Buscamos historias (porque sin historia, no hay conexión)
Es el gancho. Si lo que hacés no cuenta una historia, se pierde entre el ruido.
Pero no hace falta una tragedia griega: una buena historia puede ser un dato curioso, una anécdota simple o una nueva perspectiva.
Cuando entrenás la creatividad, también estás entrenando tu capacidad de conectar. Y en comunicación, eso lo es todo.
Entrenar la creatividad no es magia, es práctica.
Un poco de movimiento, un poco de colaboración, y una buena historia pueden hacer más que un rayo divino. Y lo mejor: están a tu alcance todos los días.